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Los taquilleros, una profesión en peligro de extinción

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Pixabay

No forman parte del espectáculo pero son los centinelas del templo, la primera persona que, parapetada tras el cristal, nos recibe al llegar al cine, al teatro o a un concierto. Y su misión no se limita a la fría tarea de expedir una entrada: no solo nos ubican en el mejor asiento, sino que a veces ejercen de prescriptores culturales, y pueden incluso resultar clave para que un espectador se decida a entrar a ver la función. Hablamos de los taquilleros de la industria cultural, una figura que, sin embargo, parece abocada a desaparecer.

Son gente del mundo del espectáculo, pero aunque su profesión no esté exenta de romanticismo, no se le suele conceder ningún halo de glamour. Y eso que a menudo se codean con los artistas, y hasta los ven en sus horas más bajas y les espantan a los fans. La figura del taquillero clásico es similar a la de un farmacéutico, sobre todo en ciudades pequeñas. Conocen a la gente que va habitualmente al cine, se quedan con sus gustos, y les recomiendan la película que más les encaje.

Sin embargo, estamos encaminándonos a tener taquilleros multifuncionales, a un servicio integrado. De tal modo, incluso en las multisalas de cine, la persona que te vende la entrada es la misma que la que te la rompe después, te hace las palomitas, te acomoda en tu butaca y tal vez también activa la proyección y el sonido. Esto, con las complicaciones que tiene hacer tantas cosas a la vez.

La venta electrónica se impone

La amenaza que se ciñe sobre la profesión de taquillero es triple: por un lado, padece la crisis económica, que, por ejemplo en España, ha causado un descenso en la afluencia del público a las salas de espectáculos, cine y teatro en un 27,7% entre 2008 a 2014, según el II Informe sobre el Estado de la Cultura en España de la Fundación Alternativas; por otro, los afecta el comercio electrónico, y en último lugar, el impulso de la robótica. Y eso que la industria cultural, a la que pertenece el gremio, no es un sector manco en cuestión de empleo.

Según datos de la Agrupación Europea de Sociedades de Autores y Compositores (GESAC), mientras que las Telecomunicaciones dan trabajo a 1,2 millones de personas en la Unión Europea, la Cultura hace lo propio con más de siete millones. En España, el sector cultural (cine, música, videojuegos y vídeo) da trabajo a 457.600 personas, un 2,6% del empleo nacional, de acuerdo con las cifras de la Coalición de Creadores. La de taquillero es una profesión en extinción.

Y lo que es más importante, en el sector del ocio y el entretenimiento en España, de acuerdo con los datos ofrecidos por Onebox, empresa que desarrolla tecnología para la comercialización de espectáculos y actividades de ocio, la venta de entradas por Internet crece al galope: en 2013 suponían el 69% frente a un 31% de las ventas en taquilla, pero en 2014 ya representó el 84% del total de las que se vendieron, frente a un 16% de ventas que se efectuaron en taquilla.

El estudio revela además que el sábado es el día en que se registran más ventas (el 25,1%), seguido de los viernes (14,5%), mientras que el lunes resulta ser el día con menor número de entradas vendidas. Además, en la época estival disminuye considerablemente el trasiego de venta; julio (5,4%) y agosto (5,5%) son los meses que registran valores más bajos, frente a abril (16,4%) y diciembre (12%), los meses en los que los consumidores compraron más, coincidiendo con los períodos de Semana Santa y Navidad, respectivamente.

Las de cine, las que más se mantienen

Si nos fijamos en el perfil del usuario, el comprador de entradas online tiene entre 35 y 40 años de media, y se gasta aproximadamente 23,5 euros por ticket, lo que hace pensar que limita sus compras a teatro o espectáculos, mientras que las entradas de cine, que tienen un precio inferior, las compra en la taquilla, tomando in situ la decisión de qué película ver.

Las promociones y comentarios online, ayudan

La comodidad y la previsión parecen ser las motivaciones fundamentales para comprar las entradas desde casa. Pero hay más. Los propios teatros favorecen la compra online, a través de su propia web o de portales como Atrápalo, Entradas.com, Ticketmaster, etc. El potencial público asume que vía online va a ser más barato que en taquilla, y además una mayor antelación vendrá acompañada de un mayor descuento, como cuando compramos un billete de avión o reservamos una habitación de hotel. También son clave las opiniones y recomendaciones vertidas por otros usuarios, pues se presuponen más auténticas y fiables que las de los medios de comunicación. Hay ciertos portales que ofrecen valoraciones del público de la obra, y en parte algo influye a la hora de decidirse por adquirir una entrada para un determinado espectáculo.

La amenaza de la robótica

El ‘sayonara’ a los taquilleros amenaza también desde la robótica. Aun comprado la entrada en el propio teatro, el espectador puede evitar el contacto humano, gracias a las máquinas expendedoras, que poco a poco y en silencio, desde su creación allá por la Revolución Industrial, han ido ganando terreno a los trabajadores de carne y hueso. La menor variación de temperatura, presión atmosférica, humedad o intensidad de radiación afecta a vuestra eficiencia. Sois alterables. Yo, por el contrario, soy un producto acabado”, espetaba a un humano el robot QT-1 Cutie en Yo, robot, de Isaac Asimov.

Hace tiempo que la ciencia y la ficción vienen advirtiéndonos de que en las próximas décadas muchas profesiones pueden irse para no volver, sustituidas por la robótica y la Inteligencia Artificial. Si en los dos últimos siglos la mano de obra sucumbió ante las máquinas en el sector agropecuario y el industrial, ahora es el sector terciario o servicios el que está en la cuerda floja. La consultora Forrester publicó el pasado mes septiembre el estudio The future of jobs, 2025: working side by side with robots, indicando que se podrán perder 22,7 millones de empleos en la próxima década sólo en Estados Unidos, aunque la pérdida se compensará en parte con la creación de unos trece millones de puestos nacidos de la robotización.

Una profesión sin vocaciones

La lucha vocacional no acompaña en este ocaso. Los taquilleros, en general, no tienen intención de serlo de por vida, aunque no es una profesión donde haya temporalidad, y de hecho hay mucha gente que lleva años en sus puestos: por lo general, en los trabajos en los que hay que manipular dinero, hay poca temporalidad, se busca a personas de confianza. Y que su escasa actividad sindical como colectivo no nos engañe: las condiciones laborales del taquillero no son un camino de rosas. Es muy difícil conciliar la vida laboral y personal, hande de estar en taquilla en días festivos como Navidad o Semana Santa, abren a las dos y media de la tarde, hay taquilleros que tienen jornada partida… Y esto no siempre está compensando económicamente. Además, hay momentos de muchos estrés, con aglomeraciones de gente para comprar, y lo que es peor: si se equivocan con las cuentas, no suelen tener un seguro de responsabilidad que los cubra.

Así las cosas, el futuro, el contacto humano será un lujo. En Amazon ya tenemos la opción de chatear con alguien sobre tu compra. Es el lado más salvaje del capitalismo, que quiere ahorrar costes caiga quien caiga. Habrá que pensar si es el modelo que queremos para nuestros shows. Quizá el espectáculo empieza en la taquilla. Quizá deberíamos cuidar el servicio en taquilla desde el principio. A la hora de comprar la entrada, empezar ya a generar ese misterio de la representación

 

Paloma F. Fidalgo

Periodista especializada en cultura.

Los hermanos Lumière, el mundo no volvió a ser el mismo

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La historia del cine, de la cultura y hasta del mundo se puede dividir entre antes y después de los hermanos Lumière. Corría 1895, en plena efervescencia industrial, cuando estos inventores franceses nos regalaban la idea del cinematógrafo, la primera cámara de cine. Nada volvería a ser lo mismo.

Lumière! Comienza la aventura es una imperdible y mágica película  documental, ahora en cines, sobre aquella máquina de crear ficción y los primeros pasos del Séptimo Arte, así como su contexto e influencia posterior en los títulos de Hollywood. Nos presenta, comentados, 108 de la ingente cantidad de cortos de 50 segundos –era el tope de tiempo que les permitía rodar su aparato- y formato cuadrado que ideó y rodó la pareja de hermanos, asombrando al mundo. Se añaden amenas y cinéfilas observaciones, en voz en off, del director de la selección y del propio documental, Thierry Frémaux, también director del Festival de Cannes y del Instituto Lumière de Lyon.

Son reproducciones de la realidad de una época, con valor testimonial y artístico. Obreros que salen, de la fábrica, y trenes que llegan, a la estación. Calles, gags, comidas familiares… Vamos descubriendo que los hermanos Lumière fueron mucho más que los inventores de una aparato, también eran auténticos artistas del encuadre o la luz, cineastas de un extraordinario gusto e intuición que crearon tendencia con sus imágenes de jardines de flores,  samuráis o aventuras en la nieve. París, Londres, Berlín, Vietnamn, México… Imágenes que luego han servido de inspiración y se han homenajeado en películas de Charlot, Kurosawa…

Paloma F. Fidalgo

Periodista especializada en cultura.

¿Quién cuidará de la vieja Europa?

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Pareja de ancianos en Inglaterra
Foto: Stilfehler

Y que todavía andemos pensado que lo de refugiados es un problema. Que la inmigración es un contratiempo. Cuando no nos damos cuenta de que es algo tan necesario como la agricultura, como la industria y los servicios. Como el comer y el beber.

Crisis demográfica

Sobre todo en Europa. La crisis demográfica se agrava año a año y pretender que se produzca un aumento de la natalidad es simplemente irreal. La edad media en el continente avanza a toda velocidad. Si en 1950, solo el 12% de la población era mayor de 65 años, en 2050 ese sector de los europeos será nada menos que el 36% del total.

Los motivos son diversos. Entre los más destacables está el fuerte descenso de la natalidad. Los años en el que las mujeres del continente tenían más de dos hijos son cosa del pasado. Ahora, en la mayoría de los países esta media se sitúa por debajo de los 2 hijos por mujer.

Y por otro lado, las mejoras sanitarias y de condiciones de vida después de la Segunda Guerra Mundial ha redundado en un incremento en la esperanza de vida de los europeos. En la actualidad esta media se sitúa en 78 años, por los 66 que se marcaban en 1950.

¿Quien hará el trabajo?

¿Quiénes se van a encargar de mantener las estructuras sociales, económicas y laborales en el viejo continente? Porque este desarrollo demográfico plantea otro problema. ¿Quiénes se va a ocupar de los cuidados de esta población que va envejeciendo y que genera cada vez más dependientes en una y otra medida?

De nuevo se plantea una única posibilidad. La importación de mano de obra. Trabajadores jóvenes que no solo ayuden a mantener el estado de bienestar con sus impuestos. También que se encarguen de las labores de cuidados y atenciones que cada vez más van a ser necesarias en Europa.

Sería curioso que todos esos que se niegan a aceptar la inmigración, el día de mañana no tuvieran a nadie que les atendiera en su vejez. Aunque fuera tarde aprenderían una lección.

Hugo Gañán

Periodista, publicitario. Inquieto. Más en Twitter: @hugoganan

Se revela la letra secreta de ‘Starman’, de David Bowie

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No ha sido intencionado, ha sido un error, pero en una subasta en Los Ángeles se revelado la existencia de una hoja de papel que contenía la letra original de Starman, de David Bowie. Se subastará por más de 4 mil dólares, y eso que ni siquiera está firmado por el artista.

No hace tanto que se sabe que el Duque Blanco cambió una parte de esta letra durante la grabación del tema. En realidad, no son unos cambios tan relevantes, solo en algunos versos: mientras que la versión original dice “Some cat was layin’ down some rock ‘n’ roll, ‘lotta soul, he said”, la que se convirtió en un mito de la música dice “Some cat was layin’ down some get on rock ‘n’ roll, he said”. Y en lugar de decir “Came back like a slow voice on a wave of phase haze”, cantamos “Came back on a wave of phase’ eventually becoming”.

De la época de Ziggy Stardust

Starman se lanzó en 1972, como parte del disco Ziggy Stardust And The Spiders From Mars. Aquellos fueron los años de sus grandes clásicos. En 1970 editó The Man Who Sold the World, arañando un rock más duro y una estética punk. Y tras endurecer aún más el sonido en Hunky Dory (1971), a partir de 1972, comenzó el baile de máscaras. Al exótico Bowie le volvían loco los disfraces, el teatro japonés kabuki y la ciencia ficción. Y, encima, había dado clases de mímica. Un cóctel que le permitió construir diferentes personalidades, todas ellas fascinantes y provocadoras, de las que hacía gala en sus grandiosas puestas en escena. Construía artistas dentro del artista. Primero se convirtió en una estrella andrógina y bisexual, con la que inauguró su periodo glam rock. Ese personaje era Ziggy Stardust, y lo subió a lo más alto de las listas de ventas con The Rise and Fall of Ziggy Stardust and The Spider From Mars (1972), que incluía un tema que aún hoy es uno de sus hits: Starman. Fue una época de desenfreno interpretativo sobre el escenario, en la que colaboró con Lou Reed y reeditó varios de sus álbumes precedentes. Ya era David Bowie en todo su esplendor y significado.

En 1975, recién aterrizado en Estados Unidos y después de que el funk de su Diamond Dogs (1974) pasase sin pena ni gloria, alcanzó su primer número uno en el mercado estadounidense con Fame, un tema que había escrito mano a mano con John Lennon e incorporó a su álbum Young Americans, que el cantante calificó de plastic soul. Enseguida nació su nuevo alter ego: The Thin White Duke, el Duque Blanco, al que nos presentó en su aclamado Station to station (1976). Un personaje siniestro, una época truculenta, de música fantástica pero en la que el inmaculado atuendo de Bowie contrastaba con su estado, hundido en los excesos de las drogas.

Los ochenta, la época de las súperventas

Con el álbum introdujo en su sonido los sintentizadores propios de su producción posterior, que vio la luz ya en 1977 y tras mudarse a Berlín Occidental, donde compartió piso con Iggy Pop. Entonces y allí, vio el momento de atreverse con el expresionismo alemán y la electrónica, en la Trilogía de Berlín (Low, Heroes y Lodger) en la que colaboró con Brian Eno.

En los ochenta, se instaló en lo más alto de las listas de éxitos de su país con los pegadizos Scary Monsters (and Super Creeps) (1980) o Under Pressure (1981), un sencillo en el que trabajó con Queen. En 1983, dio un nuevo volantazo, esta vez hacia la música disco. Bowie sabía lo que les gustaba a los jóvenes de entonces y quería conectar con ellos, así que ese año lanzó Let’s Dance. Y los conquistó. Y mantuvo su ritmo techno un par de trabajos más, en paralelo a algún que otro desencuentro con el cine. A partir de 1989, aparca su carrera en solitario para probar suerte con un cuarteto de hard-rock y letras politizadas, Tin Machine, que no solo recibió una acogida bastante destemplada, sino que adoleció de liderazgo. Eso sí, Alemania llegó a agradecer a Bowie haber ayudado a derribar el Muro.

Cada trabajo, un universo

Cuando retomó su carrera en solitario, lo hizo provisto de un sonido eléctrico con ecos de su pasado, con Black Tie White Noise (1992). Pasó los años 90 creando varias bandas sonoras y colaborando con Philip Glass, y ya en 2003, volvió a llamar nuestra atención con Reality, un disco en el exhibió el impacto emocional que le habían dejado los atentados del 11S.

Cada trabajo de David Bowie es un mundo, todo un universo distinto y complejo. David Bowie supo ser al mismo tiempo un músico experimental y un ídolo de masas. Una megaestrella del showbussiness que albergaba a un artista de profundidad intelectual, que, desde el territorio musical, incursionaba en el teatro, las bandas sonoras y, por supuesto, la moda. Un fecundo artista que apuntaló su leyenda con más de 20 álbumes que se multiplicaron con más de 140 millones de copias vendidas. Gracias a sus coqueteos con diversos géneros influyó en músicos tan dispares como Lady Gaga, Madonna, Blur o Kanye West. Ese era David Bowie, vistiendo de Jean Paul Gaultier o Alexander McQueen, recomendándonos leer a Camille Paglia o Saul Bellow.

Starman ha vuelto a la actualidad, porque cada huella de Bowie, por pequeña que sea, acaparará titulares. Ground control to Major Bowie? Hasta la próxima, Duque.

 

Paloma F. Fidalgo

Periodista especializada en cultura.

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