El Festival Márgenes reubica al cine independiente en el centro de atención

Las once películas que integran la Sección Oficial se proyectarán, entre el 24 de noviembre y el 02 de diciembre, en las seis sedes...

¿Qué pasaría tras una guerra nuclear?

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Prueba de una bomba nuclear
Foto: United States Department of Energy

El temor de nuestros padres vuelve a ser nuestro miedo. Después de varias décadas en las que la amenaza nuclear parecía una cosa de películas o de cómics, ahora de nuevo se cierne sobre nosotros. Claro, con los dedos regordetes de Kim Jong Un y de Donald Trump merodeando el botón nuclear, mejor será que vayamos pensando en lo peor. Al menos para estar prevenidos.

100 bombas nucleares

¿Qué pasará si a estos dos personajes les da por desencadenar una guerra nuclear? Pongamos que a la fiesta se anima Putin, porque, claro, con sus propias cabezas nucleares, no se va a quedar mirando: Y así, entre unos y otros, teniendo en cuenta que India y Pakistán también disponen de misiles de este tipo, al final caen sobre la tierra 1000 bombas equivalentes a la que fue lanzada por Estados Unidos sobre Hiroshima.

Si estás cerca del impacto del proyectil, no hace falta que te expliquemos qué te sucederá. Lo más interesante, porque afectará a más gente, es que sucederá a los demás. Lo primero serán las más de cinco millones de toneladas de polvo, en su mayoría carbón, que ascenderían a la atmósfera. Se trata del producto de la combustión de elementos orgánicos que arderían tras las explosiones.

Los vientos provocarían que esta capa de polvo cubriera gran parte de la Tierra. La temperatura bajaría alrededor de dos grados de modo casi inmediato. Y se mantendría así durante al menos 3 años. El la década siguiente, el clima solo recuperaría un grado.

3.000 millones sin alimento

A menos calor, menos lluvias. Las precipitaciones descenderían en un 10%. Estos dos fenómenos acabarían con las tierras de cultivo en gran parte del globo. Y en el resto, reducirían su productividad. Más de 3.000 millones de personas se verían afectadas directamente por esta crisis agrícola. Pero el resto de los habitantes del planeta sufrirían la crisis de modo indirecto.

Pero, ni de lejos, eso sería lo peor. Lo más grave es que las reacciones químicas producidas por las bombas destruirían prácticamente la capa de ozono. Y sin esa capa seremos presa de las radiaciones ultravioletas provenientes del Sol.

Es decir, a las radiación de las bombas se unirá la que genera nuestra estrella. Mutaciones del ADN y cáncer de piel serán tan frecuentes como un constipado.

Durante mucho tiempo, los científicos pensaban que el invierno nuclear acabaría con la vida en la Tierra, al menos con la nuestra, en pocos años. Ahora parece que los nuevos modelos no son tan pesimistas. Pero esperemos no tener que comprobar quién tenía más razón.

Hugo Gañán

Periodista, publicitario. Inquieto. Más en Twitter: @hugoganan

El Corto Maltés cumple 50 años

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Un marino solitario, engimático y trotamundos que alcanza el medio siglo demostrando estar en plena forma. No solo porque no paran de venderse sus aventuras, a ritmo de unos 100.000 ejemplares anuales, ni su imagen (ha protagonizado hasta campañas de Dior), sino también porque este septiembre se publicará Equatoria, la segunda novela gráfica en la que los españoles Juan Díaz Canales (guionista) y Rubén Pellejero (dibujante) afrontan la aventura de resucitar, en esta ocasión trasladándolo a África, a este personaje, tomando el testigo de su creador, Hugo Pratt, que falleció en 1995, aunque ya había jubilado al naviero porque no le cuadraba en un entorno digital como el actual.

Hijo de las novelas de aventuras

Pratt moldeó la arcilla del Corto inspirándose en sus propios viajes y en los universos de Jack London –con quien el marino se cruzaría en unas viñetas-, Stevenson, Melville o Conrad. Pero también en la poesía y el ambiente iberoamericanos. Y sí, también en el entonces incipiente espíritu libertario de Mayo del 68, el espíritu que nos transmitía que vale la pena atreverse, asomarse a lo desconocido, conocer y embarcarse aun teniendo miedo y pudiendo fracasar. “Ve en busca de tu isla”, el dijo a Pratt su padre después de que éste devorara con entusiasmo La isla del Tesoro.

Y es que fue, precisamente, un 10 de julio de 1967 cuando se publicó, en la revista italiana Sergeant Kirk, el primer eslabón de las aventuras de este icono del cómic de la talla de Tintín o Astérix, bajo el título La balada del mar salado. Allí estaba. Con todos nosotros, el Corto Maltés. Había nacido, se nos contaba, en Malta, también un 10 de julio pero de1887. Tenía sangre gitana por parte de madre, sevillana, y su padre era un marino mercante de Cornualles. Silueta de ganador, 1,83 metros de alto, con un pendiente asomando en el cuello de la levita y un cigarro eterno entre dientes.

Catorce singladuras por el mundo

En aquella primera aventura, se encontraba en apuros en el Pacífico, en pleno fragor de la Primera Guerra Mundial. Y las viñetas que lo narraban abrían una nueva veta en los cómics de aventuras, apostando por historias más largas y con mayor carga literaria. Por delante, al Corto le esperaba el éxito internacional, y una vida de singladuras rumbo a lo desconocido, por todo el mundo, en doce títulos dibujados y escritos por Pratt. Se rumoreaba que había fallecido, quizá en la Guerra Civil Española, pero volvió a levar anclas en pleno siglo XXI gracias a Canales y Pellejero, lo que hasta ahora se ha traducido en dos obras más.

El héroe no ha muerto, el mito continúa, su trazo y color es el de siempre. ¿Cómo lo recibirá el público actual? No importa. El Corto vive el presente. Y la aventura lo sigue llamando.

 

Paloma F. Fidalgo

Periodista especializada en cultura. Escríbeme a palomafidalgo@hotmail.com

Tu vida interior son las bacterias

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Bacteria Helicobacter Pylori
Foto: Janice Carr

Es difícil de imaginar y si te lo cuentan, la verdad es que da cosa. Pero es cierto. Cada día convivimos con millones de organismos. No es que estén en el aire y en los objetos que nos rodean y nos crucemos con ellos. Es que, literalmente, viven con nosotros. En nuestro interior y en nuestra piel.

Tú tienes multitudes

Es lo que trata de explicar el libro Yo tengo multitudes. La obra del periodista Ed Yong describe toda la amplia gama de microorganismo que portamos cada uno de nosotros. Sin darnos cuenta, sin verlos y pensar en que existen. Pero ahí están. Cumpliendo funciones básicas para nuestra supervivencia.

Millones de millones de bacterias, hongos e incluso virus, se mueven por nuestro cuerpo. Un tráfico que Yong asegura que está gobernado por nuestros sistema inmunitario. Es él el que decide qué bacteria puede quedarse a vivir con nosotros y cuáles deben ser eliminadas.

El libro trata de exponer cómo el pensamiento humano ha ido penduleando en esta relación con los microorganismos que nos habitan. Desde una primera noción cuando fueron descubiertos, como nocivos para nosotros. Hasta la actual, en la que nos hemos situado en el lado contrario y pensamos que son imprescindibles para nuestros bien estar.

El inicio de la relación

Yong destaca la importancia de dos factores para que la relación entre humanos y microbios sea exitosa: la lactancia materna y el parto natural. Es en ese momento, en el parto, cuando el humano entra en contacto por primera vez con estos organismos, a través de la vagina. Y abunda en una idea que se ha extendido en los últimos años. Cómo el exceso de mimo en la profilaxis está generando nuevas alergias. Patologías que no existían cuando los niveles de higiene eran mucho menores.

Es el trabajo de más de diez años de entrevistas con los principales científicos del mundo sobre este campo. Un libro que Bill Gates ha calificado como “la mejor aportación al periodismo científico en años”.

Hugo Gañán

Periodista, publicitario. Inquieto. Más en Twitter: @hugoganan

Zelandia, el nuevo continente, comienza a mostrar sus tesoros

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El pasado invierno se descubría nada menos que un nuevo continente sumergido bajo Nueva Zelanda: Zelandia. Así lo anunciaba la Sociedad Geológica de Estados Unidos, apenas una semana después de que los científicos encontraran un “continente perdido” bajo el océano Índico, y describieran Zelandia como una masa de 1,8 millones de kilómetros cuadrados –aproximadamente dos tercios de lo que ocupa Australia, aunque la mayor parte de esta nueva superficie, el 94 por ciento, se halla bajo el Océano Pacífico-, que también incorpora Nueva Caledonia, hasta ahora incorporado a Oceanía, junto con varios otros territorios y grupos insulares.

Se investiga desde hace una década

El nombre no es de nuevo cuño, lo puso el geofísico Bruce Luyendyk en 1995, cuando ya intuía e investigaba que existía un continente en esta área. Sin embargo, sus pesquisas, y las que ha llevado a cabo el resto de la comunidad científica durante la última década, han detectado que no se trata sólo un grupo de islas continentales y fragmentarias, sino de una superficie con suficiente entidad como para declararse continente.

Este verano, entre el 27 de julio y el 26 de septiembre, treinta científicos del Programa Internacional de Descubrimiento del Océano (IODP) llevarán a cabo una expedicion desde Australia para descubrir los secretos del continente misterioso de Zelandia. Van a bordo de un gran buque de perforación, con el fin de explorar el fondo marino. Perforará de 1.000 a 2.600 pies en seis puntos del Mar de Tasmania para recoger muestras de sedimentos, que contienen evidencias fósiles, y cambios en las placas tectónicas.

Placas tectónicas que se movieron hace 60 millones de años

Los mapas del fondo marino se están volviendo cada vez más detallados, y se cree que la sección submarina de Zelandia se desprendió del continente de Australia, a raíz de cambios en esas placas tectónicas y una cadena de volcanes, que se elevó por encima de la línea de flotación como la Pacific Plate y posteriormente se hundió. Todo ello, hace entre 60 y 85 millones de años.

Los científicos también examinarán los patrones oceánicos y climáticos para intentar comprender la relación entre el cambio climático y los cambios tectónicos. Se cree que Zelandia podría tener una geología distintiva­, con una extensa gama de rocas metamórficas, sedimentarias e ígneas, y una corteza particularmente gruesa.

Paloma F. Fidalgo

Periodista especializada en cultura. Escríbeme a palomafidalgo@hotmail.com

El extraño animal que está expandiendo el plástico por los océanos

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Larváceo con microplásticos en su organismo
Foto: Oona M. Lönnstedt

A estas alturas pocos dudan ya de que una de las grandes amenazas para los hábitats oceánicos es la polución por plásticos. Pero no solo lo que imaginas cuando se habla de este aspecto. Esas bolsas que las torturas y cetáceos confunden con ballenas, van a parar a sus estómagos y matan al animal. Una amenaza aún mayor son los microplásticos en suspensión.

Larváceos culpables

Se trata de pequeñas perlas de este material. Presentes en grandes cantidades de elementos cotidianos como detergentes o productos cosméticos, los microplásticos están alterando gravemente los ecosistemas marinos. Y ahora se ha descubierto cómo son transportados desde la superficie hasta los fondos marinos.

Los responsables son unos pequeños y extraños seres acuáticos. Los larváceos. Estos animales, de apenas milímetros de tamaño, están contribuyendo a agravar el problema. Involuntariamente, claro. Lo que está sucediendo es que los larváceos se alimentan de partículas que flotan el su entorno filtrando el agua de mar. De este modo ingieren los microplásticos.

Transporte a más profundidad

Después viajan hasta zonas más profundas donde los sueltan, bien en sus defecaciones, bien a través de la mucosa que secretan, que en ocasiones puede tener decenas de veces el tamaño del larváceo. Parece que esta es la dinámica que está detrás de la expansión de este material. Los científicos han encontrando concentraciones de microplásticos a profundidad media mucho mayores de las esperadas.

Esto hace que la contaminación por este material afecte a muchas más especies marinas. Ya no solo a las que viven en la superficie, cerca de la luz, sino también a las que habitan en zonas mucho más profundas, donde, en principio estarían menos expuestos a este tipo de polución.

Y para terminar el ciclo, la expansión de este tipo de plástico repercute también en los propios seres humanos. A través del consumo de pescado, pasa a nuestro organismo. Aunque realmente, de todo el proceso somos nosotros más culpables que los pequeños larváceos.

Hugo Gañán

Periodista, publicitario. Inquieto. Más en Twitter: @hugoganan

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