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Leer libros alarga la vida

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Leer libros
[DP] PIxabay

Los libros enriquecen nuestra vida, eso lo sabemos, pero ¿también son beneficiosos para la salud? ¿Es mejor leer libros que periódicos y revistas? Una investigación de la Universidad de Yale nos da todas las repuestas.

La Escuela de Salud Pública de la Universidad de Yale estudió los registros de casi 4.000 encuestados, los cuales se separaron en:

  • Aquellos que leían durante 3.5 horas o más a la semana.
  • Quienes leían durante 3.5 horas a la semana.
  • Y los que no leían nada.

Además se controlaron factores como género, raza y educación.

Los investigadores descubrieron que hasta 12 años después, aquellos que leen durante más de 3.5 horas a la semana tenían un 23% menos de probabilidad de morir, mientras que aquellos que leían hasta 3.5 horas por semana tenían un 17% menos de probabilidades de morir.

Si son libros, mejor

El documento también vincula específicamente la lectura de libros, en lugar de publicaciones periódicas, a una vida más larga.

Se descubrió que leer libros proporcionaba un beneficio mayor que leer periódicos o revistas.

Un efecto probable es que los libros tienen la capacidad de atraer más a la mente del lector, proporcionando más beneficios cognitivos. Los libros pueden promover la empatía, la percepción social y la inteligencia emocional, que son procesos que pueden conducir a una mayor supervivencia y aumentar la esperanza de vida.

Después de todo esto, la conclusión es clara: los beneficios de leer libros incluyen una vida más larga para leerlos. Así que, a disfrutar del placer.

Fuente: Universidad Yale

¿Y si en lugar de leerlos, te los leen?

No sabemos si hay un estudio al respecto como el anterior, pero si eres de los que tuviste la suerte de que te leyeran cuentos de pequeño, ahora puedes revivir la experiencia con esta app que cuenta con miles de audiolibros, para escuchar como si fuera spotify o netflix.

 

Colaboradores

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Alfred Hitchcock, el director que se ganó al público mucho antes que a la crítica

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“En 1962, encontrándome  en Nueva York para presentar Jules y Jim, me di cuenta de que cada periodista me hacía la misma pregunta: ¿Por qué los críticos de Cahiers du Cinema toman en serio a Hitchcock? Es rico, tiene éxito, pero sus películas carecen de sustancia”. Son palabras de Truffaut en el prólogo de El cine según Hitchcock, el libro que este militante de la Nouvelle vague consagró a reivindicar a quien se suele etiquetar como “el maestro del suspense”.

Tal vez se sorprendan, así que lean esto con una música que infunda tensión y sobresalto, como las que suenan en las propias películas de este director inglés, aunque seguramente más estadounidense que muchos directores de Hollywood en su manera de entender el cine: Hitchcock no siempre gozó del respeto de los analistas del cine, “había sido finalmente la víctima, en América, al lado de los intelectuales, de tantas entrevistas superficiales y deliberadamente dirigidas hacia la burla”, abunda Truffaut, para quien, sin embargo, este hombre “había reflexionado sobre los medios de su arte más que ninguno de sus coetáneos”.

Hoy, alabada, copiada y hasta parodiada en varios de sus títulos como una obra insoslayable, en cambio, la sombra de su cine planea mucho más allá del Séptimo Arte. El nombre de Alfred Hitchcock se ha convertido en una marca de la cultura de masas, en un icono identificable incluso para quienes solo han visto de sus películas el telescopio de James Stewart, la carrera de Cary Grant huyendo de una avioneta o la fatal ducha de Janet Leigh. Como las figuras del pop, incluso se le asocia un logotipo propio, el que él mismo utilizaba, evocando su perfil, en sus programas de televisión, y como decía Travernier, Hitchcock ha servido hasta de “coco” para asustar a los niños.

Hitchcock, el personaje

¿Cómo se produjo este volantazo, cómo pasamos de ese principio al desenlace final? Bajen las luces, vamos a indagar en el intrigante mundo del hombre que creó Los Pájaros. Primer sospechoso: la mitomanía. Cierta cinefilia y ciertos fans han dotado a este director de un aura que va más allá de sus aportaciones al lenguaje cinematográfico. Aportaciones, ojo, nada baladíes. Según señala el crítico Enrique Alberich en su obra Alfred Hitchcock. El poder de la imagen, “podría afirmarse que existen dos grandes tipos de directores de cine: aquellos que emplean imágenes para contar sus historias”, y aquellos que, a la inversa, “utilizan historias para crear imágenes y, a partir de ellas, expresar su universo. Alfred Hitchcock pertence a esta segunda clase. Es más, cabría incluso catalogarlo como su más diáfano exponente”.

Esa aura de mitificación estaría vinculada al carisma personal que tenía el director, a pesar de que abundaban las voces que lo calificaban de arrogante, obsesivo, excéntrico y misterioso como el alma de sus películas. Una pátina que él mismo alimentó con su aspecto y su sentido del auto espectáculo, desplegando un comportamiento público que le daba un toque siniestro afín al de sus tramas (su “genio publicitario solo tiene parangón con el de Salvador Dalí”, dejó escrito Truffaut). Toque al que, finalmente, también contribuyeron las leyendas que se pusieron en circulación sobre sus fijaciones por las actrices con las que trabajaba, paralelas a su matrimonio de toda la vida con Alma Reville.

Un cine comercial

Por otro lado, si bien la crítica tardó en seguirlo en su camino, Hitchcock sí fue enormemente popular entre el público, que entró de pleno en el juego de su cine. La industria vio pronto las posibilidades de la caja registradora en esta ecuación, así que, en general, el director recibió el apoyo de las productoras, con algunas excepciones como su éxito más importante de taquilla, Psicosis, del que todos dudaron inicialmente y The Guardian calificó como “superficial e ingenuo”. El director se vio abocado a un bajo presupuesto para una cinta en la que experimentó con la narración, matando a la protagonista a los 30 minutos de empezar la película y manejando las emociones del espectador a su antojo; terminó creando un clásico del cine con el que amasó una fortuna de 32 millones de dólares en un año. También sintomático de su popularidad fue que la CBS apostase, en los años cincuenta, cuando el director estaba en la cresta de la ola, por ponerle dos programa de televisión, Hitchcock presenta y Sospecha. El primero duró diez temporadas, de 1955 a 1965, y dio origen a varias revistas que utilizaban el nombre del director como reclamo.

Fue su alianza con David Selznick la que más lo benefició comercialmente. Él había comenzado a trabajar en su Inglaterra natal (nació en el distrito londinense de East End en 1899), durante los primeros compases del cine sonoro. A partir de 1934, rodó una serie de películas como El hombre que sabía demasiado o 39 escalones, cuya fama mundial sería su pasaporte a Hollywood. Eran todos títulos de suspense, la inclinación por el género estaba ya en las primeras entrañas de su cine, y él la atribuyó al carácter taciturno que había desarrollado desde niño, sobre todo tras perder a su padre con once años, y a su horror a los sacerdotes y los policías. “He sido alumno de los jesuitas en el colegio San Ignacio. Sin duda nací con el sentido del drama porque tengo tendencia a dramatizar, y en el colegio el método de castigo era sobre todo espectacular. Creo que es el más horrible de los suspenses”, dejó escrito.

Es en 1938 cuando firma un primer contrato con Selznick, con quien mantendrá una relación complicada porque era un productor muy intervencionista, y a Hitchcock le gustaba llevar las riendas. Selznick le produjo su primera película en Hollywood, Rebeca (1940), que resultó un taquillazo. Gracias a ella comienza a trabajar para la Universal, y desde 1944, para la 20th Century Fox. Es la época del conocido como cine clásico, y el cineasta se resigna a su cánones solo en parte, introduciendo innovaciones como su peculiar sentido del ritmo cinematográfico. Tras volver a Inglaterra en los últimos momentos de la Segunda Guerra Mundial, a realizar un par de trabajos propagandísticos y asesorar en un documental sobre los campos de concentración, regresa a Estados Unidos para finiquitar su colaboración con Selznick y dar el paso, en 1948, a Transatlantic Pictures, ruptura que es muy significativa porque representa la antesala de los cambios que estaban por venir durante la década de los cincuenta en la llamada modernidad del cine, cuando el sistema de estudios tradicional cae y se prouduce una ruptura de la estética.

En los cincuenta, Hitchcock,  en la MCA, comienza la que es quizá su mejor época, evolucionando de una cinta a otra, introduciendo nuevas aportaciones visuales y creando un conjunto de colaboradores fundamental para su éxito. Es la época de las famosas rubias como Grace Kelly, Kim Novak o Eva Marie Saint, aunque también de morenos como Cary Grant, James Stewart, Gregory Peck y Henry Fonda. Es la época de Extraños en un tren, Crimen perfecto, Atrapa a un ladrón, Vértigo, Con la muerte en los talones o La ventana indiscreta, obra maestra que funciona como manifiesto, como metáfora del componente voyeur que tiene el cine para el director, desde una trama rompecabezas y una puesta en escena cargada de tensión.

El apoyo de la Nouvelle vague

Los años sesenta marcan la definitiva ruptura de los cánones del cine clásico, y Hitchcock, que ya había preludiado algunos de los cambios, la abre con un triplete de obras maestras: Psicosis, Los pájaros y Marnie la ladrona. Hasta que en 1976 filme La trama, su última película, esta década, y el año 1966 en concreto, resultará particularmente especial para él, pues en ella surgirá el tercer sospechoso de contribuir a su trascendencia: se publican las mencionadas conversaciones que mantuvo con François Truffaut en un libro hoy casi sagrado para los cinéfilos, El cine según Hitchcock, que no solo habla de cómo hacía cine el director sino también de cómo se puede hacer cine, que no es un manual pero enseña a degustar el Séptimo Arte como pocos. Fue una suerte de certificado para consagrar al director británico como autor, siguiendo la famosa Política de autores de Cahiers du Cinema. Por influencia de ella, en 1967, a Hitchcock le dieron el Oscar Honorífico, después de haberlo mantenido en el dique de las nominaciones toda su carrera.

Desde entonces hasta ahora, su obra se observó ya de otra manera, incluso aunque, productivamente, él entrase en decadencia. Había logrado cerrar el círculo que empezó llamando la atención de la industria, siguió ganándose al público y terminó con el aplauso de la crítica. Su mito no ha hecho más que crecer con los años, pocos son quienes no han visto alguna de sus películas, singulares, como lo fue su carrera, sus manías, su forma de ser. Probablemente, se adecúe a la perfección a la idea de genio. Probablemente, lo fue.

Paloma F. Fidalgo

Periodista especializada en cultura. Escríbeme a palomafidalgo@hotmail.com

Trump contra los elefantes

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Elefante en Zimbabwe
Foto: JackyR

No nos gusta Trump. Vale, no estamos descubriendo nada. No somos los primeros ni los únicos. Pero tenemos que decirlo. Y no nos gustan sus decisiones. Una ras otra cada vez nos gusta menos. Y la última, no nos gusta nada.

Ilegal hasta ahora

Hasta ahora, la importación de restos de elefantes cazados en África era ilegal en Estados Unidos. Esta medida desmotivaba a los cazadores norteamericanos de ir a la sabana y pegarle dos tiros a ese imponente animal.

Pero ahora Trump ha decidido que esa medida era absurda. A saber sus motivos. Pero el caso es que ha levantado el veto a las importaciones de restos de elefantes procedentes de Zimbabwe y Zambia. Es decir, ahora cualquier dentista con afición por la caza mayor podrá pasar por la aduana un cuerno de elefante como si trajera una bolsa de cacahuetes. Mal.

Y eso que los elefantes africanos están catalogados como especie amenaza por la ley de Especies en Peligro. El argumento expuesto es cuando menos cínico. Si se permite la caza e importación de restos, “el diseño recabado servirá para adoptar y llevar a cabo medidas de protección más eficientes”.

Pero el número sigue bajando

La anterior administración permitía el tráfico desde Sudáfrica y Namibia pero no de Zimbabwe porque el servicio de Pesca y Vida Salvaje estimaba que este país no había tenido éxito en la protección de las poblaciones de elefantes. Ahora, al parecer, estás mismas instituciones creen que el número de ejemplares en esta nación africana es suficiente para permitir su muerte y tráfico de cuernos, pies, trompas, cabezas y resto de partes que puedan adornar la casa de algún trastornado con dinero en Estados Unidos.

Sin embargo, las organizaciones conservacionistas no opinan igual. El censo de elefantas ha caído en un 6% en el último año y no es estable en prácticamente ninguna reserva en todo el continente.

Hugo Gañán

Periodista, publicitario. Inquieto. Más en Twitter: @hugoganan

Las lecciones de Albert Camus para el periodista de hoy

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En 1957, Albert Camus, escritor francés nacido en 1913 en Mondovi (Argelia), recibía el Nobel de Literatura. En el discurso ponía sus palabras a favor de la libertad y la convivencia, y en contra de los totalitarismos, tanto de izquierdas como de derechas. Y no era la primera vez. “La mayoría de nosotros ha rechazado el nihilismo y se consagra a la conquista de una legitimidad.”, dijo, “le ha sido preciso forjarse un arte de vivir para tiempos catastróficos, a fin de nacer una segunda vez y luchar luego contra el instinto de muerte”.

A Camus no le gustaba definirse como filósofo, aunque estudió Filosofía tras su paso por el Liceo de Argel, donde ingresó, pese a haber nacido en la extrema pobreza, gracias a su profesor Louis German. Camus prefería considerarse artista, y el compromiso que había adquirido con su tiempo lo llevó también a afanarse en el ejercicio del periodismo, al entenderlo como una trinchera donde defender la verdad, la integridad y el humanismo, además de como “una de las profesiones más bellas, porque te fuerza a juzgarte a ti mismo”, explicó en una entrevista publicada en la revista Caliban.

Un periodismo de intencionalidad

Así, Camus ha pasado a la historia por sus alegóricas novelas –La peste, La caída, El extranjero– y sus obras de teatro –Calígula-, pero también dejó un importante legado como periodista y teórico del periodismo, que ejerció, según las palabras de Kapuściński, como un “periodismo de intencionalidad” desconfiando de la supuesta imparcialidad, por sospechar que ésta enmascaraba indiferencia.

Dos fueron las facetas más destacables de Camus en este terreno: la de reportero y la de editorialista. En la primera, se inició en el Argel Républicain con 25 años. Santos-Sainz recuerda en su libro su reportaje La miseria en la Cabilia como uno de sus grandes hitos informativos y narrativos, que construyó sobre una ejemplar investigación de los hechos. Recuperaría esta destreza en sus crónicas de L’Express.

En el Argel Républicain también ejerció de editorialista. Cuando estalló la rebelión de la colonia, se pronunció en favor de un Estado binacional y no por su independencia, lo que valió el rechazo de la izquierda francesa, Sartre incluido, con el que rompió relaciones de manera abrupta y pública. El desencuentro entre ambos llegaría aún más lejos cuando Camus se apartó del comunismo, denunció la Unión Soviética y publicó El hombre rebelde.

Editoriales anti totalitarias

También firmó editoriales en Soir Republicain, entre 1938 y 1940. Pero tampoco su relación con esta cabecera tuvo un final feliz. Santos-Sainz recoge en su libro Albert Camus, periodista un texto que apareció hace relativamente poco y este periódico le censuró en 1939, cuando las tensiones pre Segunda Guerra Mundial azuzaban Europa. El autor defendía en él la libertad de prensa “es solo una cara más de la libertad tout court, y la obstinación en defenderla obedece a que, sin ella, no habrá forma de ganar realmente la guerra. Los medios y las condiciones para que un periodista independiente no pierda su libertad son cuatro: lucidez, rechazo, ironía y obstinación”.

Aunque, probablemente, los editoriales de más repercusión entre los que publicó el autor los lanzó durante la Guerra Mundial y los primeros años de la posguerra, en Combat, un mítico periódico francés nacido durante la Segunda Guerra Mundial, originariamente lanzado de manera clandestina desde la resistencia, en el que también militaron Malraux, Mounier o Sartre. Desde su tribuna, Camus emitió un juicio negativo de los medios de entreguerras, caracterizados por la desinformación, la censura y la propaganda. Clamó por la responsabilidad social del periodista y su misión no solo como testigo de la historia, sino también como intervencionista, justiciero que ha de poner sus ideas al servicio de la verdad. Instó a la sociedad a no permitir el ascenso de los medios que no estuviesen comprometidos con ella, y reclamó una regeneración democrática que garantizase la independencia de estos, sobre todo respecto a los grupos financieros.

Enseñanzas para hoy

Un 4 de enero de 1960, hacia las dos de la tarde y con un frío glacial, Michel Gallimard, sobrino del conocido editor, conducía por la carretera que une Sens con Fontainebleu, con Albert Camus como copiloto. El vehículo patinó en el hielo del asfalto, y, a la deriva, chocó contra un árbol. Gallimard sufrió gravísimas heridas, a las que solo sobrevivió seis días. Camus murió en el acto. Pero su obra hacía años que se había convertido en inmortal. La profundidad de la investigación periodística de Camus, en la era de los 140 caracteres, se demanda cada vez más, y sus ideas, ha dejado escrito Santos-Sainz, se inscriben “en el contexto actual de crisis de identidad de la prensa”, provocado por las mutaciones tecnológicas, “así como por la crisis financiera de los medios, que dificulta su independencia”.

Reivindiquemos también su hedonismo, finalidad de toda esta labor social. A Camus no le bastaba el pensamiento. Amaba el sol, la luz, el mar, la naturaleza y el deporte, sobre todo el fútbol, fue portero del Racing de Argel. Cuando el existencialismo se impuso en Francia, Sartre alcanzó con él la popularidad, pero Camus no lo abrazó, “la rebelión supera a la angustia”, señaló. Escribió El mito de Sísifo (1942), sí, dignificando la “lucha continua” del hombre, y releer hoy su obra periodística puede contribuir a elaborar una nueva ética del periodismo, de esta profesión que es todo un encargo de Sísifo. Terminemos en alto, con un extracto de El verano, uno de sus textos más personales: “En mitad del invierno aprendí por fin que había en mí un verano invencible”.

Paloma F. Fidalgo

Periodista especializada en cultura. Escríbeme a palomafidalgo@hotmail.com

Lanzan 33 canciones a un exoplaneta potencialmente habitable

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Radar en Tromsø, Noruega
Foto: Sonar

La música fue el primer lenguaje que creamos. Antes de que existiera ningún idioma, ya hacíamos sonidos armónicos. Tratábamos de recrear los sonidos de los animales, sobre todo el canto de los pájaros. Pero en realidad estábamos creando un lenguaje. El primero, el que aún sigue vivo: El único universal.

Jarre al espacio

Así que tiene su lógica que tratemos de comunicarnos con seres extraterrestres mediante la música. Es altamente improbable que entiendan anda que les digamos en cualquier idioma. Pero quizá sea más probable que sepan apreciar vida inteligente detrás de algunas canciones. Quién sabe.

Tampoco sabemos qué pretenden los organizadores del festival de música electrónica Sónar, de Barcelona, en España. El certamen catalán ha lanzado al espacio 33 canciones de grupos relacionados con este encuentro. Composiciones de Jean Michel Jarre, Matmos, Nina Kravitz o Laurent Garnier viajar por el espacio infinito.

No las han lanzando al tuntún. Los temas han sido dirigidos a uno de esos exoplanetas que se descubren cada poco tiempo y que, en teoría, podría tener vida debido a la distancia que lo separa de su estrella.

25 años de vuelta

Sónar Calling GJ273b que es como se llama la recopilación lanzada, nunca mejor dicho, se han enviado en forma de señales de radio. El objetivo es uno de los planetas que orbita alrededor de la estrella de Luyten. La elección se debe a que este es el exoplanetas más cercano que podría ser habitable de todos los descubiertos.

Aún así está lejos. Los organizadores de la idea han contado con la ayuda de la Asociación Científica Europea de Radares de Dispersión Incoherente ubicado en Tromso, en Noruega. Los científicos han advertido que en el remoto caso de que se produjera una respuesta, esta tardaría 25 años en llegar. Lo bueno, es que coincidiría con la celebración del 50 aniversario del Sónar. Si ese evento se produjera sería sin duda la mejor actuación para celebrar ese medio siglo.

Hugo Gañán

Periodista, publicitario. Inquieto. Más en Twitter: @hugoganan

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