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Delia de Vestalia Asociados presenta el evento BBrainers el próximo día 9 de febrero. Un encuentro único para abogados, juristas y profesionales del sector...

40 años de Punk

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Desde el 1 de diciembre hasta el 4 de febrero, la galería madrileña La Fiambrera celebra el 40 aniversario del PUNK (1977-2017) con una gran exposición con obras de artistas habituales de la galería y piezas clásicas de la época, como fanzines, discos o fotos de los Sex Pistols, Clash, Ramones…

En 1989 Greil Marcus publicaba su (¿libro?) seminal Rostros de carmín. Una historia secreta del siglo XX (Anagrama, 1993). El crítico musical norteamericano situaba al punk no sólo como una corriente o movimiento producto de una situación político-social-cultural concreta, sino también como una consecuencia o continuación de una actitud ya presente en tiempos del Dadaísmo y continuada por el Situacionismo. Es decir, relacionaba al punk con un pasado de inconformismo e incomodidad frente al status quo que recorrió de manera transversal el siglo XX en determinadas expresiones artísticas, siempre desde una brevedad explosiva que se expandía de un movimiento a otro, renaciendo con diferentes formas pero con el mismo poso de malestar y rabia.

En 40 años de Punk, la operación ha sido a la inversa: ver qué ha permanecido del punk en el arte. Su huella parece haber permanecido expresándose de diferentes maneras, ya sea desde lo explícito o desde la sugerencia, desde el gesto o desde la proclama abrupta, a veces como vehículo ideológico, en otras ocasiones como simple provocación.

Letras e imágenes, el punk historiado

Jon Savage, en su extraordinario, England’s Dreaming. Los Sex Pistols y el Punk Rock (Reservoir Books, 2015) lleva a cabo una detallada y minuciosa revisión del movimiento tanto en Inglaterra, principalmente, como en Estados Unidos, constatando en sus páginas el carácter de “construcción” premeditada del punk, en gran medida a cargo de Malcolm McLaren, a la vez que muestra lo indisociable que fue su surgimiento con la crisis de los setenta y la posterior subida al poder de los conservadores en Inglaterra, como la no wave y el hardcore lo estarán a la era Reagan en Norteamérica. Pero lo llamativo del trabajo de Savage, entre otras muchas cosas, se encuentra en la posibilidad de historiar el movimiento.

Si el trabajo de Marcus sitúa al punk más allá de sus coordenadas musicales y lo introduce en una corriente subversiva constante a lo largo del siglo XX, Savage asume una postura de historiador y se sitúa en el momento preciso de su eclosión para indagar en sus causas y, después, en sus consecuencias. Y en sus páginas nos encontramos cómo el punk nace como una respuesta a una coyuntura general de crisis y malestar a la vez que como un producto “vendible”.

Retratos de una época

En La ira es energía. Memorias sin censura (Malpaso, 2015), de John Lyndon, cantante de los Pistols y más conocido como Johnny Rotten, se encarga de desgranar la maquinaria de Mclaren (conocido es el odio que se profesan), pero además supone un relato desde dentro sobre la banda y las circunstancias que rodearon su efímera pero intensa vida. El libro de Lyndon no supone una rareza editorial sino una pieza más en la recuperación del punk y, sobre todo, en la construcción de su memoria que ha florecido en los últimos años en múltiples publicaciones en forma de libro, aprovechando, además, el gran interés editorial por los libros musicales. Comando. La autobiografía de Johnny Ramone (Malpaso, 2013) o Punk Rock Blitzkrieg: Mi vida en Los Ramones, de Marky Ramone, son las dos últimas publicaciones que se unen al ingente material del grupo norteamericano, convertido ya en un icono que transciende su importancia musical y contextual y ha devenido en casi una marca.

Otros trabajos, como Punk: tres décadas de resistencia, de Marc Gras, Punk Rock: Historia de 30 años de subversión, de Mariano Muniesa, o Punk Rock Jesus, de Sean Murphy, suponen excelentes retratos de una época desde diferentes perspectivas, pero siempre primando la asentada necesidad de historiar desde su contexto, no sólo por su carácter musical, a un movimiento que, pasadas más de tres décadas, todavía está presente. Cómo también denotan otras publicaciones más coyunturales al punk alrededor de artistas y de movimientos que nacen de manera directa de él, como Nuestro grupo podría ser tu vida (Contra, 2013), de Michael Azerrad o La chica del grupo (Contra, 2015), de Kim Gordon, que se acercan a la no wave y al hardcore norteamericano. Otra época, otras músicas, pero que siguen bebiendo, de una manera u otra, del punk y su herencia.

Julien Temple, uno de los documentalistas musicales más interesantes, ya se encargó a finales de los años setenta, a tiempo real, de recoger la eclosión del punk en imágenes en The Great Rock ‘n’ Roll Swindle (1979), documental sobre los Sex Pistols que supuso el primero de varios trabajos de Temple sobre el movimiento y que tendrá años después su mayor logro, La mugre y la furia (2000) y, sobre The Clash, Joe Strummer: Vida y muerte de un cantante (2007). The Clash, representantes de un punk más politizado y comprometido con la lucha social frente al nihilismo anarquista de los Pistols, también fue el objeto de varios documentales, entre ellos, The Clash: Westway to the World (2000), de Don Letts. Los Ramones fueron los personajes de End of the Century: The Story of the Ramones (2003), de Jim Fields y Michael Gramaglia. Y, en términos más generales, encontramos otros trabajos como American Hardcore (2006), de Paul Rachman, Punk’s Not Dead (2007), de Susan Dynner, Punk: Attitede (2005), de Don Letts, o Killy Your Idols (2004), de Scott Crary, entre otros.

DID (Do it yourself)

DIY (Do it yourself) fue uno de los emblemas del punk, una manera de luchar contra el control del mercado, una búsqueda de libertad creativa sin condicionantes ni limitaciones. Si uno controlaba y distribuía su creación, ésta llegaría sin intermediarios que pudieran modificar su contenido, de manera pura y sin concesiones el mercantilismo. De ahí nace, herencia del pasado, publicaciones en forma de fanzines alternativos a las revistas y a los medios tradicionales, grabaciones caseras cuya mala calidad de sonido se convertiría en sello de identidad, salas de exposiciones y tiendas alternativas. Luchar contra el sistema creando vías de comunicación, de creación y de consumo ajenas a las modas y a imperativos comerciales. Una forma de concebir el proceso creativo en toda su extensión que, con el paso del tiempo, ha permanecido, aunque pervertida. De hecho, ya en su momento, duró bastante poco: los Pistols firmaron con una gran compañía relativamente pronto y el resto de grupos punk con cierta impronta también lo hicieron. Pero queda, una vez más, el gesto. Otra cosa, la viabilidad de convertirlo en algo duradero.

Lo llamativo es que el DIY, pasadas las décadas, cuando su espíritu pasó por los noventa absorbido por movimientos como el grunge, otra respuesta nihilista a una situación social, quizá el heredero más firme, y también efímero, del punk, ha sido absorbido y ha perdido el significado de su “gesto”. En la era de la hipertecnología, el DIY tan publicitado y explotado viene a ser una perversión de lo planteado entonces: si bien las posibilidades son mayores a la hora de crear/producir y distribuir, también lo es que nace dentro, y no fuera, del sistema. Es decir, el DIY actual no es tanto una forma de contestación desde los márgenes como una parte integrante de la maquinaria comercial.

El punk permanece

El punk permanece, como en grupos musicales actuales que, aunque sin el contexto de entonces siguen asimilando sus marcas estilísticas. En algunos casos, como el muy concreto y particular de las Pussy Riot, la lucha se asemeja a la que otrora ingleses y, en menor medida, norteamericanos, llevaron a cabo, si bien el caso del grupo ruso se abre a otros y más duros caminos, como se puede comprobar en el libro Pussy Riot: Desórdenes públicos, una plegraria punk por la libertad (Malpaso) y el documental, Pussy Riot: A Punk Prayer.

Permanencias de un movimiento que pronto, demasiado quizá, dio pasó al post-punk, derivación inmediata desde el estilo musical antes que desde otros parámetros y que a lo largo de tres décadas ha ido variando, reconvirtiéndose –como el grunge a partir del hardcore norteamericano- dentro de la llamada escena independiente, como en el caso del grupo “Sleater-Kinny”, cuyo líder, Carrie Brownstein, publica en breve Hunger Makes Me a Modern Girl (Virago, 2015).

Esto es posible (posiblemente) el comienzo de una recuperación de material, en diferentes formatos, de una época, de una música y de una actitud que ya forma parte de la historia y que, como tal, está siendo ya tratada gracias a todas estas publicaciones, creaciones y realizaciones visuales. Pero a su vez, existe el intento de asimilar sus modos desde la superficie de su forma antes que desde su naturaleza subversiva. Los propios punks de los setenta eran conscientes, quizá porque no tenían las cosas demasiado claras, de que su vida –en toda su amplitud- sería efímera.

Y fue así tan sólo a medias: el punk se fue desvaneciendo como tal pero su impronta ha quedado a lo largo de estos años, eso sí, quizá en exceso manipulada hasta convertirlo (convertirla) en una moda. Se enfatiza lo atractivo del movimiento pero en la medida de lo posible se reduce su contenido virulento o se absorbe para que pierda su fondo, quedando tan sólo su forma, su superficie. A partir de ahí, surgen diferentes acercamientos al punk. Algunas gratamente artísticas y creativas; otras meramente comerciales y consumistas. Aunque recordemos que nació de la mano de McLaren, quien tenía bien clara la unión de estos conceptos. Por lo que quizá esta forma de revival del punk no esté, en el fondo, tan alejada de sus preceptos constitutivos.

Paloma F. Fidalgo

Periodista especializada en cultura.

One Planet. Una nueva cumbre para salvar el planeta

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Seine Musicale, sede del One Planet Summit
Foto: Wikipedia

Una nueva cumbre sobre el clima. Una nueva reunión de las personalidades y gobernantes más destacados del mundo. Una nueva serie de largos y bienintencionados discursos. Una nueva ronda de advertencias y llamadas a la acción. ¿Servirá para algo?

Una vez más París

La Conferencia One Planet se celebra en París estos días. Más allá de su presunta utilidad, lo cierto es que al menos sirve para poner en primera línea el asunto del cambio climático, del insostenible modelo industrial y de las alternativas que son necesarias y que han de adoptarse ya.

El impulsor ha sido Emmanuel Macron. El presidente francés parece uno de los líderes del movimiento en lo que respecta a jefes de estado. Jim Kim, presidente del Banco Mundial y Antonio Guterres, secretario general de la ONU completan la terna de convocantes.

En este caso, los encuentros de One Planet tienen un objetivo claro. Evitar que la llegada de los países en vías en desarrollo a los procesos industriales suponga la puntilla al clima en la Tierra.

Financiación al desarrollo

Naciones como India o China plantean grandes retos. Su desarrollo industrial se está acelerando considerablemente. Y presenta la derivada radical de un desmedida demografía. Más de 2000 millones de personas que de pronto comiencen a hacer un uso intensivo de combustibles fósiles es más de lo que este planeta puede soportar.

Por ello es necesario crear y agilizar los flujos financieros hacia estos países de manera que puedan acometer políticas de generación y consumo de energías sostenibles. En realidad la estrategia es más ambiciosa. Se trata de explorar cómo se puede transformar la arquitectura financiera global para liberar miles de millones de dólares que serán necesario para garantizar el desarrollo sostenible mundial.

Es sin duda una idea prometedora. Sin embargo, parece contar con demasiados factores en contra. Un mercado cada vez más autorregulado, o desregulado y la oposición de unos de los principales implicados. Estados Unidos.

Hugo Gañán

Periodista, publicitario. Inquieto. Más en Twitter: @hugoganan

Arabia Saudí reabre sus salas de cine tras más de 35 años de prohibición

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Los primeros, probablemente, abrirán el próximo marzo de 2018. Lo ha anunciado el gobierno de Arabia Saudí. Y para el año 2030, se espera que el país abra más de 300 cines con más de 2.000 pantallas.

Los cines fueron prohibidos en el país a comienzos de la década de 1980, por la presión de los islamistas radicales y justificando la idea por su oposición al entretenimiento público y los espacios que mezclan hombres y mujeres.

Inyección económica

Ahora, el nuevo príncipe heredero, Mohammed bin Salman, de 32 años, planea aliviar muchas de las restricciones de los años ochenta, como esta de los cines o que las mujeres no puedan conducir. Eso sí, entre sus argumentos libertarios está también el de mejorar la economía gracias a catalizadores como la industria del entretenimiento. El gobierno ha cifrado en un comunicado que la industria cinematográfica contribuirá con más de 90.000 millones de riales (24.000 millones de dólares) a la economía, y creará 30.000 empleos permanentes para 2030.

Queda pendiente que una comisión presidida por Alawwad anuncie detalles de licencias y regulaciones durante las próximas semanas, dijo el gobierno, pero a la vista de la medida, los operadores regionales de cadenas de cine podrían estar ya estudiando la entrada a Arabia Saudí.

Paloma F. Fidalgo

Periodista especializada en cultura.

Trump quiere volver a la Luna para quedarse

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Llegada del hombre a la Luna
Foto: NASA

Quién sabe por qué lo hace. Quién sabe cuáles pueden ser las motivaciones de la mente inquieta de Donald Trump. Puede ser para tapar sus múltiples problemas. Puede ser una cortina de humo ante el inicio de las investigaciones de la trama rusa. O en realidad puede ser un nuevo paso en su camino para hacer América grande otra vez. El caso es que Trump ha ordenado a la NASA que se ponga rumbo a la Luna.

Una base camino de Marte

El presidente norteamericano parece presa de la mitología de su país. Y ningún hecho ha sido más relevante en el último siglo que el momento en el que Neil Armstrong plantó la bandera del país en el suelo selenita.

Los científicos de la NASA parecían tranquilos con sus observaciones, sus ilustraciones y sus asunciones sobre mundos lejanos. Ahora se van a tener que poner manos a la obra para volver de nuevo a nuestro satélite. Pero claro, no valdrá con volver a pisar el suelo lunar.

“Esta vez no dejaremos una bandera y la huella de nuestras botas. Esta vez estableceremos una base para un futura viaje a Marte y quizá, algún día, a mundo más lejanos”, ha declarado Trump. Y se ha quedado tan ancho.

O una base militar

Es presumible la cara de estupefacción que se les habrá quedado a los ingenieros de la NASA. Seguramente ninguno se atrevió a decirle que eso era una locura. Otra más, queremos decir.

Más probable es que en el delirio oculten una motivación más poderosa, conociendo la administración: el posible uso militar que podría tener una base lunar. Así lo admitió Mike Pence, el vicepresidente, al asegurar que “la presencia en la Luna servirá para garantizar nuestra seguridad nacional y la capacidad para proteger a nuestros ciudadanos”. Otro que no se queda corto en las frases grandilocuentes pero huecas.

Hugo Gañán

Periodista, publicitario. Inquieto. Más en Twitter: @hugoganan

¿Por qué es importante el coleccionismo de Arte?

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No hace tanto que en España se recogieron en una exposición bastantes de las obras que había adquirido en vida Duncan Phillips, no solo para deleite propio, sino obrando también una función social, la del coleccionismo. Éste termina el ciclo de la creación artística y le da sentido. Por parte de las instituciones, para ejercer de tutela, árbitro y de modelo social. Pero es muy importante el hábito del coleccionismo privado pues hace responsable al ciudadano de la elección y construcción de su criterio, que no delega irresponsablemente en sus administradores culturales.

En España, el coleccionismo de arte escasea, y para colmo, solemos quedarnos con sus clichés: o bien simplificamos su actividad como aquella por la que se adquieren excentricidades a precios desorbitados -recordemos la que se montó cuando se pagaron 20.000 euros por una obra de Wilfredo Prieto consistente en medio vaso de agua-, o la percibimos solo como un refugio para la inversión y especulación de peces gordos del IBEX 35, a los que, a menudo, el arte se la trae al pairo. Eso, por no hablar de cuando generalizamos excepciones como el caso Malaya, el Bárcenas o la Operación Emperador, considerando el arte del coleccionismo una lavadora de dinero.

El caso Duncan

Pero lo cierto es que en la fauna del coleccionismo hay gran variedad de especies: inversionistas, galeristas, ansiosos por mostrar sus tesoros, celosos de ellos, carteras abultadas, carteras más modestas… Volvamos con Duncan Phillips. Comenzó a atesorar obras de arte siendo universitario, pero ya cumplía el abecé del auténtico coleccionista que dejó escrito el Conde Giuseppe Panza: tenía un gran conocimiento de la Historia del Arte -fue crítico desde muy joven-, criterio personal -adquiría con el foco puesto en la pintura moderna-, y recursos económicos -procedía de una familia de Pittsburgh de banqueros y empresarios del acero que, por cierto, ya solía llenar la casa de cuadros-.

Pero el resorte que lo llevó a decidirse a abrir un museo al público y apostar, a base de compras y una suerte de becas, por artistas iconoclastas como Pierre Bonnard, fue una deuda de sangre, un homenaje familiar que emprendió con su madre y continuó con Marjorie, su mujer y artista, hacia su padre y su hermano mayor, James, a quien siempre estuvo muy unido.

Ambos estudiaron juntos en Yale y, tras algunos años de trabajos en revistas y en la tesorería del Partido Republicano, la familia decidió ponerlos a sueldo para que dotaran a la estirpe de una buena colección de arte. Pero la labor se vio interrumpida primero por la Primera Guerra Mundial, en la que ninguno de los dos hermanos fue admitido para combatir -un duro golpe a su férreo patriotismo-, y, sobre todo, por la muerte del padre de ambos y la del propio James, recién casado y afectado de la llamada gripe española.

La era del coleccionismo estadounidense

En honor a ambos, Duncan abrió la Galería Memorial Phillips, desde la que vio crecer no solo su propio patrimonio pictórico sino también una gran era para coleccionismo del arte contemporáneo en Estados Unidos. Este recibió un primer espaldarazo en 1913, con la exposición Armony Show de Nueva York, para alcanzar un momento álgido tras la Gran Depresión, con la inauguración del MOMA y la llegada al país, por motivos políticos, de múltiples artistas europeos que contactaban con expertos como Duncan o Peggy Guggenheim, sobre cuya vida acaba de publicar una biografía la editorial Turner, y sobre todo en los años sesenta, momento en el que el país destronó a París como la capital del arte en el mundo, gracias a la aparición del Pop Art y la labor de compra de arte de los magnates de la industria americana. En Europa, entretanto, Ludwig, Thyssen o el Conde Panza ponían en el mapa las primeras colecciones del viejo continente. Pero España era una excepción. final del siglo XX”.

España, a la cola

Y eso que en la década de los 40 abrieron algunas galerías en Madrid, Barcelona y Bilbao. Pero, desde el ámbito público, la dictadura de Franco no le prestaba atención a la cultura, y hubo que esperar a los años ochenta para encontrar interés en determinados sectores sociales de rodearse de arte, sobre todo contemporáneo. Hemos recorrido este camino de forma rápida en los últimos 30 años, pero nos queda mucho por avanzar. Para colmo, la crisis económica desatada en 2008 desplomó de nuevo su actividad. La Fundación Arte y Mecenazgo ha aportado, como datos sobre las colecciones de nuestro país, que el número de las que sobrepasan o igualan la cifra de 1.000 obras es escaso, 18 sobre los 200 casos que componen la muestra elaborada por el centro, y el número de colecciones cuyas piezas se cifran entre 500 y 1.000 es 9 de 200. Todas las demás, suman menos de 500 piezas.

En los últimos años sobresale también una creciente tendencia al coleccionismo más económico, construido a partir de obras de menor tamaño, litografías, lienzos y hasta ilustraciones, adquiridos en espacios híbridos como Swinton&Grant o Atelier des Jeunes. Entre los coleccionistas más importantes de nuestro país, la revista Art News ha destacado a Juan Abelló, Plácido Arango y Alicia Koplowitz, así como la Fundación Juan March, la Coca Cola o el Museo Unión Fenosa.

Necesaria Ley de Mecenazgo

“La riqueza en España ha estado muy centrada en otros sectores, como el minorista, la industria y el sector inmobiliario”, ha indicado en sus publicaciones la Fundación Arte y Mecenazgo, así como que “en un contexto con factores como el IVA”, que en 2014 el gobierno redujo del 21% al 10% para la compra y venta de arte, “y unos ingresos discrecionales en disminución, sin la existencia de programas activos destinados a fomentar la propiedad de obras de arte”, entre los que se suele echar de menos una Ley de Mecenazgo, “el mercado del arte podría estar en peligro de permanecer estancado”.

Nunca sabremos qué hubiera ocurrido si Duncan Phillips no hubiera tenido esa pulsión que lo llevó a apoyar y financiar el trabajo de tantos grandes de la Pintura Moderna. Nunca sabremos lo que perderemos si los artistas españoles de hoy no reciben el apoyo que merecen.

Paloma F. Fidalgo

Periodista especializada en cultura.

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