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Trump contra los elefantes

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Elefante en Zimbabwe
Foto: JackyR

No nos gusta Trump. Vale, no estamos descubriendo nada. No somos los primeros ni los únicos. Pero tenemos que decirlo. Y no nos gustan sus decisiones. Una ras otra cada vez nos gusta menos. Y la última, no nos gusta nada.

Ilegal hasta ahora

Hasta ahora, la importación de restos de elefantes cazados en África era ilegal en Estados Unidos. Esta medida desmotivaba a los cazadores norteamericanos de ir a la sabana y pegarle dos tiros a ese imponente animal.

Pero ahora Trump ha decidido que esa medida era absurda. A saber sus motivos. Pero el caso es que ha levantado el veto a las importaciones de restos de elefantes procedentes de Zimbabwe y Zambia. Es decir, ahora cualquier dentista con afición por la caza mayor podrá pasar por la aduana un cuerno de elefante como si trajera una bolsa de cacahuetes. Mal.

Y eso que los elefantes africanos están catalogados como especie amenaza por la ley de Especies en Peligro. El argumento expuesto es cuando menos cínico. Si se permite la caza e importación de restos, “el diseño recabado servirá para adoptar y llevar a cabo medidas de protección más eficientes”.

Pero el número sigue bajando

La anterior administración permitía el tráfico desde Sudáfrica y Namibia pero no de Zimbabwe porque el servicio de Pesca y Vida Salvaje estimaba que este país no había tenido éxito en la protección de las poblaciones de elefantes. Ahora, al parecer, estás mismas instituciones creen que el número de ejemplares en esta nación africana es suficiente para permitir su muerte y tráfico de cuernos, pies, trompas, cabezas y resto de partes que puedan adornar la casa de algún trastornado con dinero en Estados Unidos.

Sin embargo, las organizaciones conservacionistas no opinan igual. El censo de elefantas ha caído en un 6% en el último año y no es estable en prácticamente ninguna reserva en todo el continente.

Hugo Gañán

Periodista, publicitario. Inquieto. Más en Twitter: @hugoganan

Las lecciones de Albert Camus para el periodista de hoy

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En 1957, Albert Camus, escritor francés nacido en 1913 en Mondovi (Argelia), recibía el Nobel de Literatura. En el discurso ponía sus palabras a favor de la libertad y la convivencia, y en contra de los totalitarismos, tanto de izquierdas como de derechas. Y no era la primera vez. “La mayoría de nosotros ha rechazado el nihilismo y se consagra a la conquista de una legitimidad.”, dijo, “le ha sido preciso forjarse un arte de vivir para tiempos catastróficos, a fin de nacer una segunda vez y luchar luego contra el instinto de muerte”.

A Camus no le gustaba definirse como filósofo, aunque estudió Filosofía tras su paso por el Liceo de Argel, donde ingresó, pese a haber nacido en la extrema pobreza, gracias a su profesor Louis German. Camus prefería considerarse artista, y el compromiso que había adquirido con su tiempo lo llevó también a afanarse en el ejercicio del periodismo, al entenderlo como una trinchera donde defender la verdad, la integridad y el humanismo, además de como “una de las profesiones más bellas, porque te fuerza a juzgarte a ti mismo”, explicó en una entrevista publicada en la revista Caliban.

Un periodismo de intencionalidad

Así, Camus ha pasado a la historia por sus alegóricas novelas –La peste, La caída, El extranjero– y sus obras de teatro –Calígula-, pero también dejó un importante legado como periodista y teórico del periodismo, que ejerció, según las palabras de Kapuściński, como un “periodismo de intencionalidad” desconfiando de la supuesta imparcialidad, por sospechar que ésta enmascaraba indiferencia.

Dos fueron las facetas más destacables de Camus en este terreno: la de reportero y la de editorialista. En la primera, se inició en el Argel Républicain con 25 años. Santos-Sainz recuerda en su libro su reportaje La miseria en la Cabilia como uno de sus grandes hitos informativos y narrativos, que construyó sobre una ejemplar investigación de los hechos. Recuperaría esta destreza en sus crónicas de L’Express.

En el Argel Républicain también ejerció de editorialista. Cuando estalló la rebelión de la colonia, se pronunció en favor de un Estado binacional y no por su independencia, lo que valió el rechazo de la izquierda francesa, Sartre incluido, con el que rompió relaciones de manera abrupta y pública. El desencuentro entre ambos llegaría aún más lejos cuando Camus se apartó del comunismo, denunció la Unión Soviética y publicó El hombre rebelde.

Editoriales anti totalitarias

También firmó editoriales en Soir Republicain, entre 1938 y 1940. Pero tampoco su relación con esta cabecera tuvo un final feliz. Santos-Sainz recoge en su libro Albert Camus, periodista un texto que apareció hace relativamente poco y este periódico le censuró en 1939, cuando las tensiones pre Segunda Guerra Mundial azuzaban Europa. El autor defendía en él la libertad de prensa “es solo una cara más de la libertad tout court, y la obstinación en defenderla obedece a que, sin ella, no habrá forma de ganar realmente la guerra. Los medios y las condiciones para que un periodista independiente no pierda su libertad son cuatro: lucidez, rechazo, ironía y obstinación”.

Aunque, probablemente, los editoriales de más repercusión entre los que publicó el autor los lanzó durante la Guerra Mundial y los primeros años de la posguerra, en Combat, un mítico periódico francés nacido durante la Segunda Guerra Mundial, originariamente lanzado de manera clandestina desde la resistencia, en el que también militaron Malraux, Mounier o Sartre. Desde su tribuna, Camus emitió un juicio negativo de los medios de entreguerras, caracterizados por la desinformación, la censura y la propaganda. Clamó por la responsabilidad social del periodista y su misión no solo como testigo de la historia, sino también como intervencionista, justiciero que ha de poner sus ideas al servicio de la verdad. Instó a la sociedad a no permitir el ascenso de los medios que no estuviesen comprometidos con ella, y reclamó una regeneración democrática que garantizase la independencia de estos, sobre todo respecto a los grupos financieros.

Enseñanzas para hoy

Un 4 de enero de 1960, hacia las dos de la tarde y con un frío glacial, Michel Gallimard, sobrino del conocido editor, conducía por la carretera que une Sens con Fontainebleu, con Albert Camus como copiloto. El vehículo patinó en el hielo del asfalto, y, a la deriva, chocó contra un árbol. Gallimard sufrió gravísimas heridas, a las que solo sobrevivió seis días. Camus murió en el acto. Pero su obra hacía años que se había convertido en inmortal. La profundidad de la investigación periodística de Camus, en la era de los 140 caracteres, se demanda cada vez más, y sus ideas, ha dejado escrito Santos-Sainz, se inscriben “en el contexto actual de crisis de identidad de la prensa”, provocado por las mutaciones tecnológicas, “así como por la crisis financiera de los medios, que dificulta su independencia”.

Reivindiquemos también su hedonismo, finalidad de toda esta labor social. A Camus no le bastaba el pensamiento. Amaba el sol, la luz, el mar, la naturaleza y el deporte, sobre todo el fútbol, fue portero del Racing de Argel. Cuando el existencialismo se impuso en Francia, Sartre alcanzó con él la popularidad, pero Camus no lo abrazó, “la rebelión supera a la angustia”, señaló. Escribió El mito de Sísifo (1942), sí, dignificando la “lucha continua” del hombre, y releer hoy su obra periodística puede contribuir a elaborar una nueva ética del periodismo, de esta profesión que es todo un encargo de Sísifo. Terminemos en alto, con un extracto de El verano, uno de sus textos más personales: “En mitad del invierno aprendí por fin que había en mí un verano invencible”.

Paloma F. Fidalgo

Periodista especializada en cultura.

Lanzan 33 canciones a un exoplaneta potencialmente habitable

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Radar en Tromsø, Noruega
Foto: Sonar

La música fue el primer lenguaje que creamos. Antes de que existiera ningún idioma, ya hacíamos sonidos armónicos. Tratábamos de recrear los sonidos de los animales, sobre todo el canto de los pájaros. Pero en realidad estábamos creando un lenguaje. El primero, el que aún sigue vivo: El único universal.

Jarre al espacio

Así que tiene su lógica que tratemos de comunicarnos con seres extraterrestres mediante la música. Es altamente improbable que entiendan anda que les digamos en cualquier idioma. Pero quizá sea más probable que sepan apreciar vida inteligente detrás de algunas canciones. Quién sabe.

Tampoco sabemos qué pretenden los organizadores del festival de música electrónica Sónar, de Barcelona, en España. El certamen catalán ha lanzado al espacio 33 canciones de grupos relacionados con este encuentro. Composiciones de Jean Michel Jarre, Matmos, Nina Kravitz o Laurent Garnier viajar por el espacio infinito.

No las han lanzando al tuntún. Los temas han sido dirigidos a uno de esos exoplanetas que se descubren cada poco tiempo y que, en teoría, podría tener vida debido a la distancia que lo separa de su estrella.

25 años de vuelta

Sónar Calling GJ273b que es como se llama la recopilación lanzada, nunca mejor dicho, se han enviado en forma de señales de radio. El objetivo es uno de los planetas que orbita alrededor de la estrella de Luyten. La elección se debe a que este es el exoplanetas más cercano que podría ser habitable de todos los descubiertos.

Aún así está lejos. Los organizadores de la idea han contado con la ayuda de la Asociación Científica Europea de Radares de Dispersión Incoherente ubicado en Tromso, en Noruega. Los científicos han advertido que en el remoto caso de que se produjera una respuesta, esta tardaría 25 años en llegar. Lo bueno, es que coincidiría con la celebración del 50 aniversario del Sónar. Si ese evento se produjera sería sin duda la mejor actuación para celebrar ese medio siglo.

Hugo Gañán

Periodista, publicitario. Inquieto. Más en Twitter: @hugoganan

‘Feliz día de tu muerte’ o la revisión del ‘slasher’

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Crítica de 'Feliz día de tu muerte', de Christopher Landon

Feliz día de tu muerte es el cuarto y posiblemente mejor largometraje de Christopher Landon, director de las valiosas Burning Palms y Zombie Camp, y de la menos lograda Paranormal Activity: Los señalados. Se trata de una comedia de terror juvenil, claramente orientada a resultar un entretenimiento comercial, que suscita interés como ejercicio de metacine que juega con los cimientos del slasher, aunque intentando resultar más cómica que terrorífica.

Este intento de revisar el género nos hace renunciar a un argumento o intriga excesivamente originales. Aquí se cuenta la historia de Tree, una Jessica Rothe en plena forma actoral y muy consciente de la parodia/homenaje que se le plantea en la película, interpretando el perfecto arquetipo de la sorority girl, una víctima universitaria en principio asesinada tras una noche loca, pero que resucita por la mañana entrando en un marmotesco ciclo asesinato – resurrección hasta que consigue dar con la identidad de su asesino. Con la estructura repetitiva, Tree, o la chica slasher en general, se reivindica en el filme como el núcleo en torno al que gravita el relato en este género, como también se plantea la posibilidad de subvertir su destino creativo, y en suma, refrescar este tipo de cine de terror.

 

 

Paloma F. Fidalgo

Periodista especializada en cultura.

Fotogalería

A dreamy life. Dinosaurs and humans will be waiting a next meteorite impact.

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Y si las familias pudiéramos adoptar dinosaurios. ¿No sería todo mejor? ¿A que estamos esperando? Increible creatividad de Miriam Prieto.

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